Diatriba contra un Rockstar impúber

Por Iván León*

Kurt Cobain. Fotografía. Charles Peterson.http://4.bp.blogspot.com/
Kurt Cobain. Fotografía Charles Peterson http://4.bp.blogspot.com/

Cuando tuve noticias acerca de la existencia de una banda norteamericana llamada Nirvana, su líder y vocalista acababa de morir de tristeza o desesperación, da igual. Para entonces, mi fatal costumbre de aferrarme a los gustos de mis hermanos mayores me impidió escuchar a tiempo las desgarradoras guitarras que luego serian el arma contundente con que morirían baterías y amplificadores  a causa del frenesí dionisiaco  desatado en pleno escenario a principios de la década de los noventa. Era la entrada triunfal del grunge y yo,  anacrónico y despistado solo me percaté de este cerca de su final. Era también la época de la generación MTV, donde el rock y el pop encontraron una vitrina televisiva  rentable y novedosa para asegurar un público a nivel mundial, joven e incauto, capaz como mis amigos, de mal cantar en inglés algo que no entendían, pero que, vaya a saber porque, los identificaba.

Sería absurdo negar la importancia que tuvo Kurt cobain para una generación entera que reclamaba una música que no tuviera la exageración del Glam, ni la superficialidad del pop reinante por esos años. Jóvenes desprovistos de muchas aspiraciones encontraron en el grunge la voz que les permitía proyectar su inconformismo a través de una estética propia, cargada de una rebeldía original y fresca. Fue así como descubrieron el aspecto sucio y descuidado de sus ídolos en la pantalla, y no pasó mucho tiempo para que los abuelos vieran como sus suéteres se convertían en moda con el toque original de un pequeño agujero  a la altura del pulgar.

La calle se llenó entonces de guitarras acústicas en mal estado ejecutadas por adolecentes despeinados y concupiscentes, a la espera de su primer sexo por cuenta de un nuevo rock aprendido a oído. Muchos no eran muy buenos, pero había algo especial, cierta magia escondida en lo que hacían estos renacentistas de jeanes rotos con ocho días sin lavar. Poco a poco se fueron difuminando en el panorama local, sin embargo la estela subversiva y novedosa del “Grunge” edificaría las bases de numerosas agrupaciones de rock nacionales que verían la luz en los años siguientes y competirían codo a codo con las bandas Argentinas y Mexicanas en la programación radial.

Eran otros tiempos donde el rock obedecía mas a una respuesta a los valores tradicionales impuestos por la familia, la iglesia y la escuela, donde en la ciudad no existían tantas academias  musicales por lo que cientos de jóvenes aprendieron a partir de una búsqueda personal e irreversible. Honesta.

Dese hace 4 años por mis compromisos como docente de música asisto al principal festival musical colegiado de la ciudad. Debo reconocer que desde siempre padecí este tipo de eventos, y no hace mucho entendí el porqué: el éxito de las presentaciones poco se relaciona con la calidad interpretativa, el dominio técnico del instrumento o el feeling o Groove. Por el contrario, el público explotaba en aplausos con solos de guitarras mediocres hechos por niños y jóvenes de gafas oscuras y gestos de rockstar artificiales, sin gracia. Y los padres (pobres victimas del mercadeo de las academias)  en un solo llanto al ver a sus retoños tirarse al suelo mientras su guitarra grita algo ininteligible. Pero lógico, la culpa no es de ellos.

El auge de las academias ha traído como consecuencia la validación casi natural del concepto liviano, ligero de la música de consumo, producto del aparato propagandístico que eleva a niveles insospechados a pseudoartistas de reallytis televisivos, desacreditando al músico de profesión. Nuestros jóvenes no sueñan con ser músicos, ellos desean ser parte del show mediático donde cualquiera  puede ser artista. Quiero decir,  las academias de música están llenas de cándidos egresados, en el mejor de los casos, que por arte del mercadeo se convirtieron espontáneamente en profesores, pero que no tienen la menor idea de lo que hacen porque nunca se preguntaron la música en términos de pedagogía. Son una especie de prestidigitadores que replican sus fórmulas de éxito fácil, desconociendo conceptos claves en la relación enseñanza aprendizaje  como el cultivo de la musicalidad, la exploración interior e improvisación. Y ni hablar del desdén con que asumen la música local.

La muestra o presentación final es el objetivo principal de estas escuelas que, con tal de pescar algunos pesos, pervierten el verdadero fin educativo. A esta altura muchos chicos deben estar tocando la introducción de “Sweet child o mine”, o “One”, lo cual es perfecto mientras obedezca a un plan trazado por un maestro que incentive la creación y no la repetición.

*Licenciado en música y director de la agrupación Dosis.

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