Moonchild más allá del virtuosismo

Por Manuel Estévez

Fotografías. Gina Navarro.

Llegamos casi a los 8 pm al Teatro Jorge Eliécer Gaitán y nos alegró infinitamente encontrar a muchos amigos afuera. Teníamos claro que íbamos en el papel de espectadores glorificados. Entramos a la sala justo en el momento en que Santiago Gardeazabal anunciaba orgulloso a los artistas que estaban a punto de presentarse.

John Zorn entró por un segundo al escenario y luego dejó al cuarteto actuar, varios lamentamos mucho no haber tenido el gusto de escucharlo como saxofonista. Trevor Dunn es todo lo que se puede esperar en un bajista: arrojado, preciso y un conocedor de su instrumento y las posibilidades de sonido que puede brindar. Joey Baron es más que un metrónomo, es el acompañante en matiz y ambientación perfecto; tocaba sus complicadas partes sin “despeinarse” siquiera. John Medeski simplemente llenaba el espacio con su teclado y daba un toque oscuro con sus sonidos vintage. De pronto sucedió lo que muchos esperábamos la impredecible voz de Mike Patton irrumpió con toda su potencia. Patton es capaz de ir de tesitura en tesitura y estallar en gritos desgarrados perfectamente afinados. Igual que Dunn aprovecha su voz y hace toda clase de trucos para lograr sonidos perfectamente integrados a la propuesta del proyecto.

A medida que el concierto avanzaba Moonchild perdía la “timidez” y cada vez escuchábamos líneas de bajo más osadas, contratiempos más elaborados, Medeski se integraba más y más con acordes disonantes y clusters. Patton exigía su garganta mientras expresaba toda su ira contenida, al tiempo que llegaba a momentos místicos doblando a los otros instrumentos en sacrílegas oratorias.

Luego de casi una decena de canciones la banda se despidió. Nos levantamos tranquilos y no creíamos posibles que pudieran dar más energía. Inesperadamente los 5 jinetes volvieron a la tarima y nos obsequiaron 5 minutos más de experimentación, violencia  e improvisación. Dirigidos por Zorn quien a manera de un siniestro conductor sacaba los últimos restos de energía de sus músicos. Y en medio de ese maremágnum observé algo que no podía creer: Trevor Dunn se reía feliz mientras interpretaba movimientos acrobáticos en su bajo. Así debe ser esto. El músico debe sentir alegría con la música que interpreta. Los instrumentos no deben ser objetos inanimados usados para hacer sonar una escala diatónica. Recuerdo a Thelonius Monk y cómo sus conciertos empezaban cuando rompía el jarrón que ubicaban arriba de su piano. El sonido del vidrio quebrado era parte de la pieza. Rememoro al joven Frank Zappa en su primera aparición televisiva haciendo música con una bicicleta desarmada. El virtuosismo puede ser superado por la recursividad y aunque casi todo está inventado existen bandas como Moonchid que nos recuerdan estos aspectos.

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