La Cacería: un bofetón a la moral

Por Daniel Bonilla

Fotografía tomada de  La credibilidad, a pedradas  los35milimetros.com .
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los35milimetros.com .

En un primer momento, parece ser que la palabra danesa ‘jagten’, traducida al español como ‘cacería’ para efectos de titular en nuestro idioma la más reciente película de Thomas Vinterberg, también puede tomarse como ‘búsqueda’. Sin entrar en las minucias semánticas que eso implica, vale la aclaración de que en el español, y bajo determinados contextos, estas dos palabras pueden llegar a ser sinónimas.

Lo anterior para decir que, por un lado, esta película hace evidente el motivo de la cacería, en tanto el escenario que se nos presenta es el de alguna pequeña población danesa que mantiene la caza como una de las actividades de cohesión entre los varones mayores. Pero a la vez, sugiere el drama de la búsqueda de la verdad frente a un hecho inadmisible con connotaciones delictivas.

El protagonista es un hombre maduro, Lucas, interpretado por Mads Mikkelsen, que está saliendo de una no muy buena racha. La escuela donde solía trabajar cerró, frente a lo cual, debe emplearse en un jardín infantil. Lucas es querido por los niños con quienes juega todo el tiempo, y es lo que diríamos, un ciudadano ejemplar. Pero cuando parece que está levantando cabeza y conocemos la noticia de que su hijo irá a vivir con él próximamente, se desencadena una bola de nieve que altera la estabilidad de esta comunidad.

Klara es la hija de Theo, el mejor amigo de Lucas, y una de las niñas que asiste al jadín. Lucas suele encontrarla sola por ahí y la acompaña camino del colegio y la casa. A partir de este acto, la niña empieza a encariñarse con él y un día de juegos, lo besa. Lucas habla con ella y le explica que esos besos son únicamente para papá y mamá, devolviéndole además, un corazoncito que Klara ha puesto en su chaqueta. Ante el rechazo de Lucas, Klara le cuenta a la directora que lo odia, agregando que ha visto sus genitales.

Como espectadores sabemos que el cuento de Klara es a todas luces imaginario. El problema acontece cuando, dada la presión de los adultos, la misma niña empieza a dudar de su propio relato y confiesa a su mamá que todo lo que ha dicho es una tontería a lo que esta le responde: “tal vez tu mente prefiera borrar lo que pasó porque no es algo bonito de recordar, pero pasó de verdad”.

La verdad para un niño se sostiene sobre la palabra de los padres. Esa palabra es ley decretada y hay que cumplirla; es decir, para el universo infantil, las primeras certezas sobre lo bueno y lo malo provienen de lo que sus padres le dicen. Pero esta intervención de la madre deja la sensación de que son los adultos los que “quieren” creer que Klara ha sido una víctima de abuso –la niña no tiene aún una idea configurada y precisa de lo que eso significa– y sobre ello construyen un arsenal de acusaciones contra el amigo querido que ahora ven como un monstruo.

El dilema central de esta historia es, primero, que los adultos no saben quién dice la verdad y, sobre todo, qué significa la verdad en las palabras de un niño, si para este ejemplo vemos que no es una verdad demostrable. La verdad es un estatuto moral que funciona en un marco construido por el mundo adulto, pero para el niño la verdad es su fantasía. Todos los relatos de su realidad circundante bien pueden mezclarse en versiones altamente ficcionalizadas, sin que el niño sienta que existe una diferencia radical entre una y otra. Ese es el gran problema de Lucas, estar atrapado en el relato fantástico de un niño que se expande como epidemia entre los adultos hasta el punto de que todos se vuelven contra él, sostenidos sobre la premisa de que un niño siempre es inocente y no dice mentiras, pero acá queda en evidencia que los niños no son esos seres idealizados y puros, y que cuando sus verdades infantiles llegan al mundo moral y prejuicioso de los adultos, pueden tener consecuencias nefastas.

Ahora bien, como espectadores observamos todo eso y nos convertimos en testigos silenciosos e impotentes de lo que en pantalla se está desarrollando. Nos situamos como poseedores de la verdad de los hechos sin que podamos hacer nada para evitar la injusticia que se avecina. Así es el cine de Thomas Vinterberg, propicia que el espectador quede anclado en un lugar incómodo. Para este caso, ese lugar es el de ser poseedor de la verdad.

En las dos horas de metraje, la verdad se convierte para el espectador en un objeto inservible, inútil. La verdad no es algo así como un bien supremo, y por el contrario, puede llegar a ser eso que nadie quiere tener. Porque en gran medida, la verdad se construye en las relaciones entre personas y esa relación está siempre desequilibrada. En ese encuentro entre dos, o más, siempre habrá versiones diferentes y, para este caso, se convierte a la vista de todos en un encuentro entre una víctima y un victimario. Y ese muro, el del prejuicio, es imposible derribarlo.

Si bien, en un primer nivel, esta película narra el drama de un hombre inocente que no puede comprobar su inocencia, es necesario decir que en el fondo se habla de algo más siniestro, y es que aquellas verdades que sostienen una comunidad están edificadas sobre secretos que no pueden ventilarse, tabúes, que cuando quedan al descubierto muchas veces devienen tragedias. Ese es el fundamento histórico de la moral y casos hemos visto en los que, cuando aparece algo hace tambalear dicha moral, una comunidad entera puede convertirse en un ejército dispuesto a matar por su creencia.

El mismo Vinterberg ya nos había mostrado un caso similar en Celebración, cuando la revelación de un secreto fractura la figura potente del padre de una gran familia. Pero también Lars von Trier, su colega en Dogma 95, hace lo propio en Breaking the waves o Dogville, al mostrar comunidades cerradas que al verse vulnerables, se tornan monstruosas. No olvidar tampoco lo que sucede en la novela La letra escarlata, llevada al cine por Wim Wenders; la obra de teatro de Arthur Miller Las brujas de Salem, cuya versión en cine dirigió Nicholas Hytner, o La cinta blanca de Michael Haneke, todos ellos relatos que cuestionan el papel de la moral en colectivos humanos altamente conservadores.

La cacería se convierte de esa manera en una nueva metáfora para advertir que el gran agente cohesionador de la cultura es el sofocamiento de lo moralmente divergente, porque cuando ello emerge, su visión puede resultar insoportable. Esa es la sensación que como espectadores nos llevamos de una película que incomoda al exponer que las experiencias más siniestras pueden emerger de los entornos más cercanos y familiares.

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