Roa: una ciudad cálida, una película tibia

Por Daniel Bonilla

Roa

Empecemos por el final. En la película Adaptation El ladrón de orquídeas, como se le conoció en el mercado latinoamericano–, dirigida por Spike Jonze en el año 2002, aparece un personaje muy singular: una versión ficcional de Robert McKee, el gurú de la escritura de guiones en Hollywood. Allí, este personaje dice al protagonista algo que puede tomarse como un axioma ineludible: “dales un gran final y te lo agradecerán”. Se refiere el McKee ficcionalizado a que si en una película los personajes son flojos, la trama cojea y la sensación general es que todo ha fallado, es posible solucionarlo con un final de antología.

Y esa es precisamente la sensación que queda después de ver Roa, la más reciente película del director caleño Andrés Baiz. No termina de convencer pero regala al público un final estremecedor, intenso, grandilocuente. Todos los elementos del montaje en esas secuencias finales, principalmente la música, están perfectamente dispuestos para que el espectador salga visiblemente conmocionado, lo cual resulta de todos modos destacable en tanto que Roa pertenece a ese tipo de películas en las que se supone conocemos el desenlace de los acontecimientos, con la salvedad de que, en este caso, frente al hecho histórico del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán son más los vacíos que las certezas.

Es claro que esta película es una versión más que se suma a todos los relatos existentes sobre el bogotazo, sus antecedentes y sus consecuencias, con un elemento adicional: el cine está liberado de una pretensión de fiabilidad histórica, y Baiz lo sabe muy bien, en tanto que se interesa más por construir un universo narrativo que favorezca sus intenciones como director sin necesidad de rendir cuentas a una historia que, para este particular, no ha podido consolidar una versión definitiva. No perdamos de vista tampoco que Roa está basada en la novela El crimen del siglo de Miguel Torres, con lo que al final tenemos una ficción que reinterpreta otra ficción. Es decir, la veracidad de los hechos históricos no es, a fin de cuentas, lo que se pretende acá.

Da la impresión de que Roa está pensada para que pueda ser vista no solo en Colombia sino que también llegue a un público internacional y por ello la recreación más luminosa y cálida de una ciudad que en tiempos del Bogotazo, se supone, era fría y gris, donde, a la par de una promesa de bienestar y mejor vivir, proveniente de otras sociedades, también se cocinaban la miseria y las luchas de clases que han sido moneda corriente de la historia de nuestro país. Y en ese afán, Andrés Baiz sacrifica uno de los grandes valores que pudo haber tenido su película y es el de haber retratado una clase popular sórdida que ante la caída de su esperanza, estalla como una horda salvaje y arrasa lo que tiene a su paso.

El universo particular de Juan Roa Sierra, su familia, su hábitat, su entorno social, son todo en esta película menos el escenario donde se originó el peor episodio de violencia de nuestra historia. Y en ese sentido, Baiz peca por un exceso de pulcritud y luminosidad para contar la historia de un personaje atormentado que, según esta versión, partió en dos la historia de Colombia y cuyas consecuencias se perciben aún hoy, 65 años después. Se dirá para, objetar, que muchos otros directores lo han logrado, que a través de manejos similares han escrutado los más recónditos lugares del alma humana. Los hermanos Coen, por ejemplo. Pero lo que en ellos es virtud en el caso de Barton Fink o A serious man, en Roa se transforma en una historia desequilibrada.

El Juan Roa Sierra de Andrés Baiz es un personaje intermitente, que intenta ser narrado como un ciudadano sencillo, amable, con una mirada limpia y cándida, pero que se ve arrastrado por la fuerza de las circunstancias a verse involucrado con la muerte del gran caudillo. Es decir, Baiz salva a Roa Sierra y no lo deja vivir como el personaje complejo que se merecía ser, liberándolo casi de toda la responsabilidad que le atañe al ensalzarlo como una víctima de fuerzas oscuras. Bien que Roa haya sido o no el culpable del asesinato, bien que haya actuado solo o manipulado por una suerte de conspiración en la sombra, es inadmisible que nos lo presenten como una marioneta y que su condición de sujeto sea anulada a merced de decisiones ajenas a él.

El Roa supersticioso, desesperado por la falta de empleo, con tendencias suicidas, inseguro, envidioso, ese que decepcionado de su ídolo lo espía, queda diluido en secuencias que rayan en el chiste ingenuo. Para la muestra, la escena en el Salto del Tequendama, que tiene como único atractivo la aparición de Héctor Ulloa, pero que es como si fuera de otra película. Por otro lado, los personajes misteriosos que siguen a Roa y lo presionan parecen una caricatura de una película de detectives, cuya aparición además ocurre de la nada; eso sin contar que otros personajes que podrían haber tenido una relevancia mayor como el de María, la esposa, interpretado por Catalina Sandino, o el de su mentor y consejero, interpretado por el argentino Arturo Goetz, se sienten insulsos y casi que ornamentales.

Lo que sí vale destacar es que con Roa se empieza a reconocer es el tipo de personajes que se perfilan en las películas de Andrés Baiz, a quien hay que reconocerle los esfuerzos por configurar una obra que ya consta de tres películas, en una incipiente industria repleta de óperas primas y pocas carreras consolidadas. Este Juan Roa Sierra tiene muchas similitudes estructurales con Eliseo, el protagonista de su primera película, Satanás, pero se separa en tanto que con Eliseo sí asistimos al desmoronamiento de un personaje que, a pesar de también aparecer como víctima, se nos muestra en toda su complejidad y, sobre todo, que es en el enfrentamiento con las circunstancias donde el personaje adquiere potencia dramática, cosa que no ocurre con Roa Sierra, que da la impresión de quedar aplastado, como si la película prescindiera de él, como si el cuidado en la fotografía, el preciosismo de la dirección de arte y lo sublime de la música, hubieran desplazado el drama del personaje a un segundo plano hasta hacerlo desaparecer y pasaran a ser elementos técnicos que bien podrían haber contado cualquier otra historia y no esta en particular.

Paradójicamente, lo que sucede en las secuencias finales, en las que Roa adquiere la estatura mítica que se añora en toda la película, es que el montaje sí está al servicio del personaje pero no es suficiente para salvar la película. Con toda seguridad, si el tratamiento y el tono del final hubieran sido una constante durante todo el metraje, estaríamos hablando de una pieza sólida por todos sus flancos. Esto no sucede y lo que queda es la sensación de una obra irregular, que intenta decirnos que hay un personaje asfixiado pero cuyas imágenes no dan cuenta de la dimensión de esa asfixia.

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